Un suicida

the-suicide.jpg!Large - Édouard Manet
Le suicidé (Édouard Manet)

Quería emborracharse de vida
y acabó siendo un suicida.
Amaba sin límite y sufría
sin comprender la fría
mirada de una realidad
ajena a la espiritualidad.
Tocó el cielo con los dedos
y cayó en un infierno de miedos.
¿Acaso no es cierto que pureza
es en esencia un signo de flaqueza?
Era él exceso de sangre y pasión
y se ahogó en la espesa confusión.

Oscuridad filosófica desde los pensadores inciales

Obsérvese el gran “elogio” que dedica Heidegger a Heráclito: «Si medimos la nobleza de la palabra por lo que ésta tiene que decir, ¿qué habría entonces más ajustado que un fragmento de Heráclito?»1. Heráclito forma parte de lo que el filósofo alemán llama pensadores iniciales. ¿Qué encuentra Heidegger en aquéllos y, en concreto, en Heráclito? Una nobleza inicial que tiene que ver con la esencia de lo que se piensa. Y hablando de Heráclito, ¿por qué se le llama el oscuro? A juicio de Heidegger, «Heráclito es el oscuro porque él piensa el ser en cuanto lo que se oculta y tiene que pronunciar la palabra de acuerdo con lo que así se piensa»2. Esto quiere decir que el de Éfeso es oscuro porque habla de cosas que no forman parte de lo cotidiano (de lo que salta a la vista, de lo que es manifiestamente sabido por todos). En efecto, Heráclito se propone des-ocultar lo que pasa desapercibido para la mayoría de los individuos, o si se prefiere, lo que permanece oculto para la mayor parte de los seres humanos. Y para tal cometido, el filósofo de Éfeso recurre a un lenguaje que se sale de los caminos habituales para transitar por senderos ilógicos.

Un ejemplo de cómo Heráclito recurre a lo ilógico (en concreto a la contradicción) para hablarnos del ser lo tenemos en el fragmento 123: φύσις κρύπτεσθαι φιλεῖ. Heidegger traduce este fragmento del siguiente modo: El surgir ama el declinar3. O sea, la φύσις pertenece en esencia al ocultarse, lo cual es radical contradicción en la medida en que para los pensadores iniciales «φύσις significa el puro surgir, en cuyo actuar todo lo apareciente es y aparece»4.

Por tanto, Heráclito, llevando la palabra por los senderos ilógicos antes referidos, se torna oscuro. Pero aquí puede surgir ahora una duda: ¿abrazar lo ilógico equivale a abandonar la verdad? «Lo ilógico puede abrigar también en sí lo verdadero»5, afirma Heidegger, haciéndonos entender que Heráclito en ningún momento pretende otra cosa que llevar a la luz lo que permanece oculto, lo cual exige sumergirse en la oscuridad, una exigencia que no sólo tiene que aceptar el filósofo de Éfeso, sino también la filosofía misma: «En la perspectiva del entendimiento corriente, esto es, en el plano de la representación y de las opiniones cotidianas, la filosofía es siempre y necesariamente oscura»6.

1Heidegger, 2012 (I).

2Ibíd.

3Ibíd. A la hora de interpretar este fragmento, Heidegger va desplegando diferentes traducciones (v.g. El surgir da su favor al acultarse).

4Ibíd.

5Ibíd.

6Ibíd.

Ilusión casi marchita

Desierto
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¿Dónde está mi ilusión? Enredada en un turbio laberinto de estrellas ahumadas. Y está casi marchita1. Entonces, ¿qué cabe esperar de ella? Un crepúsculo en el que las dalias son espectros que lloran por entre sombras2 humanas, demasiado humanas. Las sombras siempre ocultan un surgir que ama el declinar3. ¿Es esto posible? Sí desde el momento en que uno se sabe hecho de contradicciones, unas contradicciones que viven en una república ajena al reino de la lógica. Pero, ¿acaso aquí se produce un abandono de la verdad? De ninguna manera, pues «lo ilógico puede abrigar también en sí lo verdadero»4. Por tanto, ¿cuál es la verdad de este decir? Que mi ilusión está casi marchita en la medida en que el desierto avanza dejando tras de sí sólo las huellas del viento.

1«Un turbio laberinto / De estrellas ahumadas / Enreda mi ilusión / Casi marchita» (Fragmento de La sombre de mi alma de Federico García Lorca).

2«Suspiran espectros de dalias / en medio de sombras llorando» (Fragmento de A la hora de crepúsculo de Josep Carner).

3Fragmento 123 (Diels) de Heráclito traducido por Heidegger, 2012 (I).

4Heidegger, 2012 (I).

Vida, vivir. Siempre vida, siempre vivir

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Cada vez que acabo una libreta, me la quedo mirando extrañado y preguntándome: ¿qué hay ahí que forme parte de mí? Encojo los hombros y eludo cualquier respuesta, pues de lo que no se sabe es mejor no hablar, aunque yo, en realidad, hablo y escribo porque no puedo encerrarme sobre mi mismo y ser ajeno a la vida en la medida en que estoy vivo. Sea como fuere, y sin considerar que esto sea una respuesta, puedo decir que después de escribir sobre la última hoja libre de una libreta, intuyo que en un rincón oscuro de mi yo quedan acumulados ciertos trastos conceptuales. Tal rincón es un rincón que no piensa, quiero decir que es una suerte de cuarto trastero donde se acumulan desordenados y llenos de polvo el resultado de pensamientos que una vez estuvieron vivos y que ahora permanecen latentes bajo mi yo.

¿Alguno de esos trastos conceptuales que ahora reposan en la quietud del olvido saldrá a la luz del día en un momento de recuerdo o necesidad? ¿Podrá alguno de ellos desplegarse en la claridad, esto es, volver a la vida? Vida, ella siempre ahí en cuanto clave de todo asunto humano. Sin vida no hay nada salvo aquello que, por decir así, no nos incumbe. Formamos parte de ese universo que Nietzsche esbozaba con la voluntad de poder, y como partícipes del vivir, vivimos con la mirada interrogativa puesta en «lo que siempre vive»1.

Todo gira en torno a la vida, y yo, naturalmente, sólo garabateo algunas palabras sobre ella en las hojas de estas libretas que agotadas reposan en silencio en un rincón de la habitación. Hay una verdad radical que sobrevuela lo dicho aquí: lo que importa es la vida. Más allá de la vida ninguna voluntad de poder -y, para ser más contundentes (o honestos), ninguna voluntad en general- es posible. Voluntad, voluntad, voluntad… ella es la manifestación que manifiesta que sí, que estamos vivos, que queremos vivir, que en cuanto seres humanos que somos queremos tener la palabra (λόγον ἔχον) y decir sí a la vida acumulando libretas repletas de palabras o cortando maderas o… lo que sea. Vivir, vivir, vivir… siempre vivir, siempre vida.

1Así traduce Heidegger (Heidegger, 2012 (I)) la palabra ἀειζωον que Heráclito utiliza en el fragmento 30 (Diels); «[…] fuego siempre viviente, encendiéndose según medida y apagándose según medida» (Marzoa, 2013).

La trampa de la perfección

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La perfección se ha esgrimido principalmente para constituir una nada destructora de seres humanos, siendo la nada no otra cosa que una disolución imposible de lo posible. ¿Es esto absurdo tal vez? ¿Es lo dicho algo ilógico o simplemente una idiotez? Se me ocurre que hablar así no es otra cosa que el producto de un querer ir más allá del límite. El lenguaje que permanece adherido a lo verosímil es un lenguaje para espíritus que han abandonado la voluntad de los primeros pensadores. Sea como fuere, se me ocurre que hay que ser un poco poeta para poder quebrar el lenguaje y decir no a la perfección, esa perfección que dinamita todos los puentes que unen lo posible con lo imposible.

La perfección, en sí misma, es el signo más evidente de la postración de lo humano, pues ella obliga a creer en unos cielos tan vacíos como falsos. Obsérvese la realidad con los ojos de la honestidad, esa honestidad que reconoce lo insignificante del ser: así se podrá ver cómo la imperfección teje cada una de esas entidades que algunos llaman entes. Sólo un espíritu fuerte es capaz de desprenderse de la perfección y ver la realidad honestamente. Se trata de no caer en las trampas de la perfección, un mundo huero que deja las cabezas vacías. Pero para des-cubrir la perfección como el signo más evidente de la falsedad hay que pensar a-matemáticamente, vale decir, es necesario deslindarse de metódicos cálculos que habitan en las ciénagas enfermizas de la perfección. ¿Se me entiende lo que quiero decir?

Interrogarse

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Hay que interrogarse si se quiere pensar de verdad en uno mismo, porque el pensamiento no existe sin la interrogación. Esto equivale a mirarse reflexivamente y des-ocultar lo que se esconde detrás de la apariencia del yo. Pero, ¿qué finalidad tiene pensarse de verdad? Tal vez la de indagar cuan engañado vive uno consigo mismo. ¿Pero es correcto hablar de engañarse a sí mismo? Quiero decir, resulta extraño hablar de alguien que engaña inconscientemente. Normalmente cuando uno engaña, sabe lo que se hace. Y esto mismo se puede decir de la mentira: la mentira es conocida por el agente que la despliega.

Engañarse o mentirse a sí mismo, tal como lo entiendo aquí, esto es, conscientemente, resulta simplemente absurdo (o imposible), pues quien vive en el engaño o en la mentira nunca es consciente de estar viviendo ahí. Por ello, tengo que rectificar lo que inicialmente he dicho, a saber, que la finalidad de pensarse de verdad equivale “a indagar cuan engañado vive uno consigo mismo”. Entonces, ¿qué es pensarse de verdad? Sería más bien indagar qué errores el sujeto ha subsumido para constituir una verdad que en esencia no es tal. El fin que aquí se busca, por tanto, es una verdad de verdad.

Pero la verdad suele ser incómoda. Muchas veces uno no está preparado para sacar a la luz lo que permanece en la oscuridad. Y tal incomodidad es una de las barreras más pesadas que obstaculizan el interrogarse. Pero esta incomodad que se acaba de esbozar tiene un horizonte más amplio, vale decir, interrogarse tampoco es cómodo porque requiere un gran esfuerzo, sobre todo cuando se busca ya no digo la certeza, sino la honestidad. Por añadidura, ser honesto es un modo de ser que en algún punto resulta destructivo. Hacer una mirada honesta sobre uno mismo puede ser el principio del minarse a sí mismo, y es por eso que tal mirada no suele ser frecuente. Bien al contrario, la mirada suele estar desviada, o sea, lo más habitual es mirar más allá o por encima de lo que está a la vista para el que mira honestamente.

Con lo referido hasta aquí, se constata que he transitado de la interrogación a la honestidad, advirtiendo que esta última puede ser destructiva. Sí, pero de hecho, todo lo dicho en esta breve reflexión tiene que ver con el pensar, y el pensar, de por sí, es un comenzar a estar minado1. Como dice Hannah Arendt: «No hay pensamientos peligrosos; el mismo pensar lo es»2. Así las cosas, está bien señalar que interrogarse es un riesgo, un peligro, por lo que preguntémonos: ¿vale la pena pensarse, esto es, interrogarse?

1«Comenzar a pensar es comenzar a estar minado» (Camus, 2012).

2Arendt, 2002.

Lo prescindible

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Imagen de Pezibear en Pixabay

Diría que soy testigo de un mundo en que todo es prescindible. Tan prescindible soy yo como las hojas que el viento ha amontonado en un rincón del patio de mi casa. Y el viento que hoy vuela por los cielos también es prescindible, así como lo son los cielos y ese sol que obstinado los ilumina mientras se va consumiendo sin darse cuenta de nada. Es decir, todo lo que percibo, eso que yo llamo realidad, lo percibo como prescindible, lo cual lleva mi espíritu al terreno de la extrañeza, pues, ¿para qué está ahí la realidad si todo es prescindible?

La necesidad es un artefacto conceptual con el que lo humano cree comprender. En efecto, aquí hay un problema, y tal problema tiene su raíz en un sin sentido. ¿Y qué se hace ante tal sin sentido? Se invita, esto es, se fabrica una ilusión cuyo brillo no deja ver. El ver es buscar una respuesta al para qué, pero no una respuesta inventada, sino una respuesta llena de verdad, lo cual, me temo, no deja de ser una ilusión más.

Es admirable lo que se dice saber hoy y lo que se dice haber sabido en tiempos pretéritos. ¡Tanto se sabe! Pero, ¿qué se sabe en el fondo? Que en el fondo no hay fondo. Esta sigue siendo la verdad más verdadera de las que se han logrado sacar del ocultamiento, lo cual no invita, para qué engañarnos, a ser optimista. Por tanto, sigue habiendo como antaño un gran vacío adherido a lo humano, lo que equivale a un querer y no poder dar respuesta a la pregunta esencial. Y sin esta respuesta, mientras tanto, lo único que tengo es una evidencia: todo es prescindible.